Creo que soy (se que soy) una persona de empuje, con garra
y con fuerzas, que puedo hacer lo que me propongo ... entonces
... ¿Por qué me agarra esa sensación
en la boca del estomago?
Se siente
como un puño, que aprieta acá, desde afuera
se hunde en mi cuerpo y sube, por la garganta, se hace difícil
respirar. ¿Qué pasa? ¡¡¡Qué
pasa!!! Tengo miedo.
Miedo
a fracasar. Miedo a correr riesgos.
Vuelvo
a empezar. Puedo. Puedo comprar un auto en cuotas. Lo pongo
a trabajar de remisse, seis días a la semana. Yo
lo uso el Domingo para pasear con los chicos. Creo que se
puede. Analizo todos los riesgos posibles. Hago números.
Consulto a los que probaron, a los que saben. Y las cuentas
me dan. Me lleno de entusiasmo.
Quiero
quedarme ahí, en el viento del entusiasmo. Es fuerte,
veloz, liviano, como un leopardo corriendo por la pradera,
flexible, subiendo y bajando árboles, de rama en
rama, se despliega, salta, cae bien parado.
Mi viejo me pregunta ¿Estás seguro? ¿No
te vas a meter en algo que después no puedes pagar?
¿Y si te chocan? ¿Y si te afanan? Vuelve el
no. Sube por el pecho, es ahogo, pequeño, duro, compacto,
como un bicho bolita, se cierra y ya no avanza. Se queda.
Se estanca. Obstruye. Espera, en silencio. Luego se asoma,
pero ante el menor sonido, se cierra otra vez.
Salgo
de casa, el Lunes de mañana. El leopardo camina a
mi derecha, con paso elástico. El bicho bolita en
el bolsillo izquierdo de mi camisa. Voy andando y pensando.
- Déjalo
- dice el bicho bolita
- ¡Juégate! - dice el leopardo
- Voy a hablar de nuevo con Mario - digo yo.
Mario
es el dueño de la remissera. No lo conozco hace mucho,
pero nos hicimos amigos.
- Mario
va a tratar de convencerte - escuché a mi izquierda.
- ¡A Mario le está yendo bárbaro! -
resonó a mi derecha
- Voy a hablar con Mario. Con los ojos y los oídos
bien abiertos. - dije yo. Y por primera vez en mucho tiempo
sentí conformidad a ambos lados.
- Mira flaco - me dijo Mario - esto no es el paraíso.
Es verdad que puedes sacar entre 400 y 500 pesos al mes.
Y también es verdad, que te pueden chocar el auto
y lo tienes en el taller dos meses parado. Siempre hay riesgo,
pero vale la pena.
Otra
vez camino. Tratando de poner mis ideas en orden. O, por
lo menos, en armonía. Me doy cuenta que el bicho
bolita habla más suave que el leopardo, pero, al
final igual gana él.
- No
quiero correr riesgos - sonó dura la voz del bicho
- El que no arriesga no gana - rugió el leopardo.
- ¡Basta! ¡¡¡Basta!!! ¿Quieren
romperme en dos? - grité desesperado
- Queremos ayudarte - dijeron los dos a la vez. El bicho
se asomó fuera de la camisa para mirarse con el leopardo.
Por primera vez estaban de acuerdo.
- Tengo
que escucharlos a ambos - pensé. - Tengo que aprender
dónde, cuándo, cuánto y con quién
arriesgarme.